Annia Alonso
Artista visual cubana

Dos jóvenes cubanos, Agustín Bejarano y Annia Alonso, vienen desde la Isla de Cuba a presentar su arte ante el público canadiense.

Bejarano, reconocido dentro y fuera de Cuba, hace su segunda incursión por galerías de Canadá. Es un artista plástico polifacético que ha descollado como grabador, dibujante y pintor. En su obra más reciente ha trabajado temas metafísicos como la soledad y la meditación. Siempre el ser humano y sus honduras han sido blanco de su trabajo. Como grabador creó series de personajes femeninos de exquisita sensualidad. Dueño de una técnica impecable logra crear atmósferas enigmáticas en sus obras que han gozado de gran éxito promocional y comercial.

Annia, es más joven en su presencia en los espacios pictóricos cubanos. Proveniente del centro de la isla ha trabajado cuadros de temas naifs y figuraciones que tienen que ver con el campo cubano y la imaginería que se convierte en tradición en las zonas rurales del país. Más recientemente ha trabajado la figura femenina preferencialmente. Son obras de mucho colorido y fantasía que mucho tienen que ver con vertientes muy establecidas en el arte cubano del siglo XX.

Ambos entrarán en contacto con los públicos canadienses que podrán disfrutar de la producción artística de estos dos creadores cubanos.

Estoy convencido de que gustarán.

Rafael Acosta de Arriba
Presidente. Consejo Nacional de las Artes Plásticas
La Habana, junio de 2004


Inferencias
por David Mateo

Por más que se afanen en exaltar el desconcierto o el asombro de este re-encuentro que ambos están protagonizando, yo seguiré creyendo que lo más sugestivo, lo más trascendental, no es el hecho del acercamiento en si (sobrevenido tras un período de casi veinte años de distanciamiento absoluto) (1), ni tan siquiera las enigmáticas providencias que ahora lo sobredimensionan, sino más bien las múltiples e interesantes semejanzas en cuanto a las indagaciones y alegorías que manifiestan las obras de Annia y Bejarano en el momento exacto de la convergencia.

El hombre como protagonista irrecusable de la representación, ensimismado en sus conflictos existenciales, desarmado ante sus dependencias afectivas del entorno, y sobre todo, sumergido en una fe de la que es al mismo tiempo objeto y sujeto, medio y fin, constituyen a mi juicio las principales tramas conciliadoras entre estos dos artistas y sus obras, de las cuales ofrece ahora un buen número de evidencias la exposición en el Real Time Studio .

En el caso particular de Annia Alonso asistimos a una creación de carácter más bien onírico, en la que se apela a la contraposición de lo terrenal y lo espiritual, lo tangible y lo inefable; en la que se improvisa una especie de simbiosis fantástica, casi mítica, de las formas naturales y humanas, y esa simbiosis se introduce además cargada de sutiles ambivalencias con respecto a la sensualidad y el erotismo. Todo ello me induce a pensar que la autora se afana en establecer una metáfora de connotaciones ontológicas, metafísicas, acerca del ser y su inmanencia, cuyo punto más tenso de extroversión llega a alcanzarse en las series Encuentros al desnudo y Gritos.

Precisamente en el despliegue de una pincelada suelta, desencajada, enérgica, encuentra este cotejo de estados y sensaciones un complemento unitivo y un equilibrio de expresión bastante loables. Si realizáramos un balance de la trayectoria artística de Annia en los últimos diez años, llegaremos a corroborar que las obras realizadas en la actualidad son el resultado de la refuncionalización de dos etapas que han sido cruciales para la maduración de un estilo, de un lenguaje: la primera transcurrió a finales de la década del noventa, y de la misma se originó la serie ecologista que lleva por título El delicioso sabor del verano ; la segunda es la que experimentó en el lapso de tiempo comprendido entre los años 2001 y 2003 junto al pintor naif de Cienfuegos Wayacón. En una es evidente que adquirió la destreza para recrear las formas naturales y sus distintas escalas de valor y tono, a la par que se perfeccionaba en el dibujo libre y el diseño espacial; de la otra acaparó para sí la ingenuidad y la frescura del gesto pictórico, inducidos por el éxtasis y el automatismo creativo. No deberíamos desestimar tampoco como un aporte funcional en esa segunda etapa, la familiarización con otras gradaciones cromáticas inusuales en su pintura como el naranja, amarillo y azul, y el haberse ejercitado lo suficiente en la manipulación de sus potencialidades dramáticas (léase también intensidades energéticas).

Agustín Bejarano por su parte responde a esta nueva oportunidad de re-aproximaciones (2) con una figuración de corte más inmediato, contingente, aunque no por ello desligada de las modalidades épicas, un tanto sublimes, con las que acostumbra a concebir una buena parte de sus composiciones, y que ahora favorecen por extensión el vínculo con los ambientes de las piezas de Annia. Aunque sucede que, para la ocasión, el artista ha subvertido con demasiada notoriedad las connotaciones estéticas, contemplativas de géneros tradicionales como el paisaje y el retrato para acentuar sus implicaciones simbólicas, lo cual se hace más enfático en la sobredimensión de estadios como la soledad y el recogimiento, imperativos en la sociedad moderna. A tal efecto sus representaciones no pueden ser más elocuentes: los muelles que habitualmente han servido de atraque comienzan a caducar y se deshacen; empinadas estructuras –como boyas o azarosas escaleras– emergen de lo insondable; el hombre parece navegar a la deriva, sin demasiada voluntad, surcar en solitario la inconmensurabilidad de las aguas, aguas que se reflejan quietas, inertes; pero que son en verdad depositarias de un profundo desasosiego.

Bejarano despliega, como nunca antes, el artificio de la supresión, de la síntesis; rehuye a la exaltación de las iconografías, se distancia por completo de lo recargado, del componente barroco, que fueron hasta hace muy poco características primordiales de sus pinturas y sus grabados. Ello quizás sea el indicio de un camino más expedito hacia la abstracción que ya varios especialistas le han augurado; pero pudiera significar además el arribo a una etapa donde se resume y hace catarsis la intención alegórica, como resultado de un proceso inductivo sobre las predestinaciones y la identidad, que ha alcanzado en él un punto neurálgico de explicitación.

Aún revestidas de múltiples matices formales, las obras de Annia y Bejarano concuerdan en muchos de los argumentos y enfoques que les dan origen. Diría que no sólo comparten percepciones concretas de la realidad, sino además el espíritu de beatitud con que las representan. Hasta en aquellas zonas de sus obras donde la crítica a la adversidad alcanza una mayor crudeza, una fuerte impugnación, está presente también el convencimiento, la satisfacción o el regocijo por la encomienda denotativa. Hay piezas incluso en las que la reiteración de elementos muy específicos como el ángel y el hombre reclinado en actitud pensativa, hace todavía más vertical la conexión entre estos creadores.

Formados en un contexto peculiar de la historia del arte cubano (década del noventa) donde la simulación y el cinismo representativo van de la mano, donde lo genérico trasunta sus capacidades alegóricas hacia lo singular, y la prudencia colectiva empieza a ser reabsorbida por las incertidumbres personales, Annia y Bejarano se concentran en idear y elaborar, casi a contracorriente, imágenes de un alto contenido filantrópico, figuraciones que recuperan la voluntad de redención para asuntos medulares de la coexistencia humana, que no sólo atañen al desenvolvimiento de la vida en Cuba sino también a las irregularidades de un mundo cada vez más enajenado. A diferencia de muchos artistas de su generación, ellos no eluden ni los argumentos ni las disyuntivas originarias, básicas. Por el contrario, allí donde las palabras claves han perdido significado, autoridad, ellos insertan el legado de las imágenes; donde la convención del símbolo revela síntomas irreversibles de deterioro, ellos se empeñan en introducir nuevas parábolas de clásicas discrepancias.

Notas

  1. Annia y Bejarano se encontraron por primera vez en el año 1979, y juntos cursaron estudios en la Escuela Nacional de Arte de La Habana.
  2. La trayectoria artística y la propia producción simbólica de Bejarano han estado siempre cuajadas de señales y testimonios que inducen la regresión, el retraimiento hacia el pasado y la memoria afectiva.
Dos figuras humanas con calderos y frutos a su alrededor

Encuentros al desnudo I

2004: Acrílico sobre lienzo, 80x120cm

Dos humanos sembrando juntos algunas plantas

Encuentros al desnudo II

2004: Acrílico sobre lienzo, 80x120cm

Dos humanos en un medio ambiente en deterioro y preocupados

Encuentros al desnudo III

2004: Acrílico sobre lienzo, 80x120cm

Un hombre y una mujer  entre los árboles frutales disfrutando

Encuentros al desnudo IV

2004: Acrílico sobre lienzo, 80x120cm

Humanos lamentándose, por el deterioro medioambientalista

Encuentros al desnudo V

2004: Acrílico sobre lienzo, 100x80cm

Humanos casi desfalleciendo por el deterioro continúo del medio ambiente

Encuentros al desnudo VI

2004: Acrílico sobre lienzo, 120x80cm

Naturaleza agonizando, por el deterioro del medio ambiente y las almas saliendo de ellos

Encuentros al desnudo VII

2004: Acrílico sobre lienzo, 120x80cm

Una conversación con un ángel entre la naturaleza exuberante

Encuentros al desnudo VIII

2004: Acrílico sobre lienzo, 100x130cm

Todos danzando unidos en  un canto a la naturaleza

Encuentros al desnudo IX

2004: Técnica mixta, lienzo, 100x80cm

Hombre preocupado por la situación de a tala indiscriminada de los bosques

Encuentros al desnudo X

2004: Acrílico sobre lienzo, 100x130cm

Mujer y hombre disfrutando del nacimiento de un bebé

Encuentros al desnudo XI

2004: Acrílico sobre lienzo, 100x80cm